El colesterol y la decadencia de la cultura contemporánea

por Tomás Moulian

Preferir la cultura del privado a la cultura pública ya es un signo de decadencia de la inteligencia. Pero peor aun es obsesionarse con la forma avariciosa del culto del cuerpo que el odio al colesterol representa. Preferimos vivir nuestros placeres a cuentagotas con tal de proteger nuestros cuerpos para que languidezcan cien años.

¿En que creemos? solemos preguntarnos cada cierto tiempo, de preferencia en la quietud de los domingos, adormecidos por la lectura de nuestra gran prensa. “En el colesterol”, contesta de manera cáustica Vázquez Montalbán en su libro de ensayos Panfleto desde el planeta de los simios.

Me imagino su gesto adolorido en el momento de colocarle esta lápida a nuestro cultura. Tener que reconocer que el colesterol guía nuestras vidas debe ser horrible para quien creó a Pepe Carvalho, un amante empedernido de la cocina quien resuelve enigmas criminales mientras sazona con ajo y aceite de oliva una pierna de cordero o una sabrosa butifarra.

Preferir la cultura del privado a la cultura pública ya es un signo de decadencia de la inteligencia. Pero peor aun es obsesionarse con la forma avariciosa del culto del cuerpo que el odio al colesterol representa. Preferimos vivir nuestros placeres a cuentagotas con tal de proteger nuestros cuerpos para que languidezcan cien años. Estoy seguro que si se descubriera que el Viagra aumenta el colesterol sus ventas decaerían, porque lo único que deseamos es sobrevivir sin importar si hemos llegado a ser eunucos.

El colesterol es el último invento de la cultura de la represión. Los médicos se han transformado, sin ni siquiera darse cuenta, en una sección activa de los moralistas conservadores. ¡Cúidate, cúidate, que vivirás aun cuando hayas perdido todo deseo! Vivirás hasta que seas solo una cáscara, un cuerpo sin pasión.

Esa forma extrema de la cultura represiva del privado que consiste en la avaricia del cuerpo, con su culto a la limpieza de las arterias, muestra hasta qué punto nos lleva la privatización de nuestros ideales de vida. El problema es que hemos abandonado la cultura de lo público para refugiarnos en el más banal de los sueños privados. "Aunque se tema que Dios ha muerto, el Hombre ha muerto, Marx ha muerto...en algo hay que creer", nos dice Vázquez Montalbán. Ese es el problema medular.

La muerte de Dios, la aceptación de la intrascendencia de la vida, la muerte de Marx y la aceptación del fin de las utopías nos conducen a conformarnos de manera tranquila con la muerte del Hombre. Esto significa la transformación de la vida de muchos hombres en la existencia cosificada de las mercancías, o en la existencia amenazada, cercana a la muerte, de la mercancía desechada. La mercantilización que está inscrita en la existencia del capitalismo la venimos aceptando hace mucho tiempo, pero lo nuevo es la creencia que es inevitable, natural, aunque sea por negación de otra posibilidad. Estamos ante el triunfo de un nihilismo radical que solo le otorga valor a lo que existe, sin importar si es inhumano.

Y ésa es la gran recriminación que debemos hacernos quienes creímos que los socialismos existentes, aun en sus formas imperfectas, eran mejor que nada. No tuvimos la visión que mostraron los anarquistas, y desde un cierto momento Trotsky. Frente a esas falsificaciones la política justa era (y es) denunciarlos. Al no hacerlo contribuimos a la muerte de Marx, y de paso ayudamos a abrir espacios para este vacío de creencias que ha favorecido la privatización de los sentidos de vida.

La vuelta a una cultura de lo público requiere rescatar las ahora vilipendiadas creencias en la historicidad, en la posibilidad de ir construyendo mundos mejores. Pero para operar ese rescate hay que afirmar, al mismo tiempo, que esas luchas no se basan en la fuerza ni buscan el reemplazo de una represión por otra, y también hay que renunciar a pretender la construcción de lo perfecto y aceptar que siempre estaremos en la lucha por mejorar, por perfeccionar.

De esa manera nos podremos librar de la actual invasión cultural del yoísmo, que encuentra en la dictadura del colesterol su forma más patética. Y ahora ¡a saborear unas mollejas!