HAYEK Y LA DISOLUCIÓN DEL LIBERALISMO CLÁSICO

por John Gray (London School of Economics). Extraído de su libro On Hayek's Liberty.

¿Qué valor tiene el pensamiento de F.A. Hayek en una era post-socialista?
¿Contiene acaso - como Hayek seguramente lo intentó -una reformulación del liberalismo clásico que se adecue frente a los desafíos políticos e intelectuales de fines del siglo XX e ir incluso más allá? ¿O está el pensamiento político de Hayek arruinado por su fracaso en percibir los procesos mediantes los cuales los mercados libres socavan las sociedades tradicionales, incluyendo la sociedad burguesa cuyas tradiciones fueron consideradas como supuestas por los liberales clásicos? ¿O el intento de Hayek de fundamentar su defensa de las instituciones liberales con argumentos epistemológicos más bien que normativos, habrá abierto un nuevo camino para la filosofía política liberal? ¿O será este un camino sin salida?

Hayek debe ser recordado como crítico del socialismo y no como filósofo del liberalismo. En 1984, cuando se publicó la primera edición de este libro, la planificación central de la economía aparecía firmemente arraigada en gran parte del mundo. Podría ser ineficiente y corrupta, implicada en grandes desastres ambientales y sólo mantenida mediante una enorme represión de libertades individuales, sin embargo, parecía inamovible. Incluso tuvo sus defensores, mayoritariamente intelectuales de países capitalistas, que argumentaban que pese a todos sus defectos, la planificación central entregaba seguridad a la mayoría de la gente. Cualquiera sean los méritos de tal argumentación - y nunca fueron muchos - la cuestión es hoy por hoy irrelevante. La planificación central socialista ha dejado de existir y, en cualquier lapso que tenga significación para nosotros, no volverá. Las economías planificadas son o aspiran a ser, economías cerradas ; y en una era de globalización la autarquía económica no puede ser mantenida en ningún país por mucho tiempo. Como consecuencia, las rivalidades entre sistemas económicos, que predominaron durante gran parte de la historia política del siglo veinte, han concluído.

Hayek entendió, mejor que cualquier otro pensador del siglo veinte, de qué manera la imposibilidad de la planificación central para replicar la productividad del capitalismo condenó al socialismo a la irrelevancia. Sin embargo, fracasó completamente al no entender cómo en culturas liberales los mercados sin restricciones pueden debilitar la cohesión social. Su pensamiento está fatalmente debilitado por su intento de defender una concepción de libertad sometida por tradición a las fuerzas del mercado, y al mismo tiempo soslaya las múltiples maneras en que el libre mercado altera y subvierte las tradiciones.

Al respecto Hayek es llamativamente menos perceptivo que el otro gran contemporáneo suyo, el también austríaco Joseph Schumpeter. En su gran obra "Capitalismo, Socialismo y Democracia" , Schumpeter especulaba que el cambio de mentalidad utilitarista, requerido y promovido por el capitalismo, a la larga iba a corroer las prácticas fundamentales de la civilización burguesa. Sugirió que la costumbre del ahorro a largo plazo dependía de un grado de estabilidad marital y familiar, antagónicos con los comportamientos e ideas que las economías capitalistas avanzadas promueven. Aquí Schumpeter enunció, en su estilo canónico, el argumento que el capitalismo avanzado expresa y agrava las contradicciones culturales, lo que torna inviable al libre mercado en términos políticos. Contrastando con Schumpeter, Hayek celebraba los poderes de destrucción creativa del capitalismo sin siquiera comprender que el orden social tradicional de tipo burgués que él mismo buscó preservar, se encontraba entre los residuos culturales del pasado que la economía de libre mercado post moderna relega al olvido.

Si la pretendida revitalización, por parte de Hayek, de una variedad de pensamiento liberal decimonónico se ve invalidada por esta contradicción, como yo afirmo o sostengo, nos vemos impelidos a mirar hacia otras corrientes del pensamiento liberal a modo de iluminación y guía, acerca de cómo la libertad personal debe ser entendida en las sociedades post-tradicionales. Aunque no logró el grado de reivindicación universal de la cultura liberal que J.S. Mill personalmente esperó que tuviese, el pensamiento de Mill tiene mayor relevancia para los dilemas de las sociedades post-modernas que cualquiera otra idea que pueda ser encontrada en los escritos de Hayek, quien fue, indiscutiblemente, el más enconado crítico de Mill durante el siglo XX. Si el liberalismo tiene futuro como filosofía política, este futuro se nutre en la tradición intelectual que transcurre desde J.S. Mill hasta Isaiah Berlin, no en el liberalismo clásico - el liberalismo de Adam Smith o Lord Acton - que Hayek buscó resucitar.

Una de las razones por las que el liberalismo clásico de Hayek puede ser considerado como una postura anacrónica, se debe a que su crítica de la planificación central, que constituye su meollo, se ha vuelto redundante debido a la desaparición del socialismo. Ciertamente que el conflicto del siglo XX entre socialismo con planificación central y capitalismo no se saldó mediante contribución alguna proveniente de la teoría económica, ni siquiera la de Hayek. Se resolvió en el terreno de la historia. Las economías planificadas no sólo fueron menos eficientes que las economías de mercado en colocar los recursos a disposición para su uso productivo, en un momento dado. También fueron menos exitosas en la generación de nuevas tecnologías, aspecto crucial. Con la excepción de algunos ámbitos, como el desarrollo de armamentos, las economías planificadas del bloque soviético estaban tecnológicamente atrasadas. No pudieron competir con economías de mercado en las que la innovación tecnológica es constante.

Finalmente, en los ochentas, incluso con la masiva inyección de recursos hacia el complejo militar-industrial soviético, no se logró mantener el ritmo y seguir el paso con el desarrollo de tecnologías computacionales que comenzaban a ser cada vez más decisivas en la conducción de la guerra. La economía soviética nunca se desprendió totalmente de la impronta originada en un Comunismo de Guerra ; aun así, se demostró incapaz de desarrollar el virtuosismo tecnológico del cual depende hoy por hoy el éxito de la guerra. Desde que comenzó a quedar rezagado tras los Estados Unidos en tecnología computacional, el estado Soviético comenzó a vivir de tiempo prestado.

Las políticas de glasnost y perestroika implementadas por Mikhail Gorbachev, actuaron sólo como catalizadores para el colapso Soviético, a través de sus insospechadas consecuencias al reforzar los movimientos separatistas entre las diferentes nacionalidades Soviéticas y desmoralizando a la nomenklatura. Quizás es un caso único: el imperio Soviético colapsó sin violencia significativa ya sea de parte de los gobernados como de parte de los gobernantes. En China, esta caída fue seguida por ambiciosas reformas de mercado. Hacia fines de 1997 se hacía aparente que los últimos bastiones de la planificada economía china, las empresas de propiedad estatal, se encaminaban a su privatización. Sólo sobreviven, y no por mucho tiempo, economías socialistas en Cuba y Corea del Norte.

Cuando el sistema Soviético colapsó, lo hizo por razones que eran contingentes, políticas y aun en alguna medida, accidentales. Sin embargo, la desaparición en menos de una década de prácticamente todas las economías planificadas del mundo constituye una espectacular reivindicación de la principal contribución de F.A.Hayek al pensamiento político y social. Hayek siempre sostuvo que la planificación de una economía centralizada era epistemológicamente imposible. Para esto se requería que las instituciones de planificación recogiesen información que, por naturaleza intrínseca, estaba dispersa y focalizada.

Nadie puede conocer el cómo los recursos, preferencias y oportunidades se distribuyen a través de la economía, en parte debido a que cambian incesantemente y son inimaginablemente complicados. Podría ser posible trazar estas cambiantes relaciones en amplios agregados, propugnados por los teóricos de la macroeconomía; pero los vínculos microeconómicos, de los cuales depende la coordinación entre las actividades económicas, no pueden ser conocidos ni en detalle ni con precisión por ninguna autoridad planificadora. La función principal de las instituciones del mercado, de hecho, es hacer de este conocimiento algo innecesario.

La imposibilidad de centralizar el conocimiento que se necesita para la planificación económica, proviene de una singular y fundamental fuente: gran parte de la información es de índole local, conocimiento tácito. Toma cuerpo en habilidades prácticas cuyos contenidos, generalmente no se logran relacionar. La barrera que impide centralizar dicho conocimiento práctico - el tipo de conocimiento envuelto, por ejemplo, en una capacidad emprendedora exitosa o de investigación científica - resulta insuperable.Si se intenta almacenar este conocimiento práctico en el seno de instituciones de planificación centralizadas, inevitablemente se perderá la mayoría de él. En todas partes donde seriamente se intentó implementar la planificación centralizada, el resultado fue sólo pérdidas e ineficiencias a gran escala. El colapso económico se evitó sólo mediante la confianza depositada en la información transmitida desde los mercados negros y en los mercados mundiales.

Generaciones de economistas ortodoxos ignoraron el postulado hayekiano de la imposibilidad epistemológica de que una economía planificada llegara a ser exitosa; sin embargo, constituye la única y cabal explicación jamás expuesta de las fallas sistémicas a escala universal de las economías socialistas. No depende para su poder argumental de supuestos acerca de incentivos o motivaciones humanitarios, de tradiciones culturales de los pueblos a los cuales se les impuso la planificación socialista, o bien, de la ausencia de instituciones democráticas. La tesis de Hayek sólo hace referencia a limitaciones universales del conocimiento humano. Permanece como una contribución al pensamiento social de perdurable significado y justifica el argumento central que, en nombre de Hayek, desarrollé en la primera edición de este libro.

Empero, no constituye un argumento que permita sostener ninguno de los mayores postulados de la filosofía política de Hayek. No provee de fundamento al liberalismo ni menos, justifica la enorme apología que Hayek hace de los mercados libres. Tiene poco o quizás nada de contenido normativo y no contiene nada que permita ayudar a escoger entre diversos regímenes, liberales y no-liberales, que encontramos en el mundo de la era post-socialista. Sólo se aplica como teorema de la imposibilidad ante los tipos más extremos de planificación económica. Demuestra que, un potente proyecto del siglo XX - el proyecto Marxiano de reemplazo de los procesos de mercado por el de planificación centralizada - es irrealizable. No nos dice mucho más.

Nada hay en el argumento epistemológico en contra de la planificación central que nos pueda ayudar a escoger entre diferentes caminos para organizar las economías de mercado. Tiene pocos recursos para asistir al reformador que busca hacer que el capitalismo funcione mejor en satisfacer las necesidades humanas. No provee guía alguna para quienes, desde las ruinas de la planificación central, se hallan en economías transicionales y que necesitan levantar insituciones de mercado que funcionen. En resumen, virtualmente no tiene nada que aportar en la era post-socialista en la cual la rivalidad entre sistemas económicos de planificación central e instituciones de mercado, ha sido reemplazada por la competencia entre diferentes tipos de capitalismo.

En parte, estas radicales limitaciones del pensamiento de Hayek provienen de defectos en su manera de entender el capitalismo. Hayek plantea la emergencia del capitalismo como parte de un desarrollo evolutivo natural, que no depende en nada del poder coercitivo estatal. Sin embargo, como ya lo demostró Karl Polanyi en su aún insuficientemente estudiada obra maestra, The Great Transformation, los mercados libres no son fruto de un desarrollo espontáneo; son artilugios de poder estatal. El libre mercado de la Gran Bretaña del siglo diecinueve fue una criatura del absolutismo parlamentario. Se erigió con el decreto arbitrario de un estado fuerte. No fue producto de innumerables cambios que de modo no planificado se fueron sucediendo, sino de una resuelta acción estatal.

Mediante la institución de los "Enclosures", se crearon y también se abolieron derechos de propiedad, al tiempo que se anularon las costumbres que en el pasado sirvieron de marco, dentro del cual se verificaban las transacciones en el mercado. La era medio-victoriana pudo haber sido excepcionalmente favorable para la constitución de un mercado libre, del momento en que una tradición de soberanía parlamentaria sin restricciones, convivió junto a una larga saga de capitalismo agrario en Inglaterra, bajo la cual los liberales pudieron surgir. Pero pese a este favorable entorno, el libre mercado Inglés no sobrevivió por mucho tiempo bajo una modalidad sin restricciones. Ya con la primera Guerra Mundial se reguló nuevamente. El funcionamiento del mercado se hizo menos hostil a los requerimientos sociales, gracias a intervenciones legislativas no coordinadas, que hacían frente a problemas puntuales, asociados a la seguridad en las industrias y no como resultado de un gran y consistente proyecto.
Construido a partir de una deliberada acción estatal, el libre mercado se desvaneció espontáneamente.

El erróneo concepto hayekiano de cómo se creó el libre mercado en la Inglaterra de la era medio-Victoriana, ilustra una falencia aun mayor en entender cómo diferentes sistemas legales presentan distintas relaciones con el estado. Según el pensamiento de Hayek, las singulares prácticas de la Ley común inglesa, constituyen un paradigma de ley aplicable en cualquier lugar. Especialmente en sus posturas más recientes, Hayek concibe a la ley como un fenómeno evolutivo, un sistema de convenciones que se acrecienta por acumulación histórica.

Ese modelo de ley no calza en muchos sistemas legales, incluyendo a algunos con buenas credenciales de liberales. En Escocia, la Ley romano-holandesa no evolucionó gradualmente a partir de las costumbres de los clanes; A Escocia se la impusieron durante el siglo dieciocho, siguiendo el consejo del tercer visconde de Stair. En Turquía, que es quizás hoy por hoy el régimen moderno más exitoso y duradero, el sistema legal es obra de un solo hombre, Kemal Attaturk. El código legal individualista, que sostiene una sociedad civil de corte occidental en ese país, no es producto de una evolución milenaria, sino que de un rápido y audaz liderazgo, emprendidos en circunstancias propicias.

El entendimento equivocado de la Ley, por parte de Hayek, es un ejemplo de falacia de tipo Whig, que recorre toda su filosofía política. En el pensamiento político de Edmund Burke, quien mediante sus escritos y alocuciones le otorgó un estatus canónico a esta falacia del "Whigismo", se da por sentado que la sobrevivencia de una práctica a traves de varias generaciones, constituye evidencia de su perdurable utilidad. De acuerdo con Burke, tradiciones que abarcan varias generaciones, contienen una sabiduría que no es alcanzable mediante el ejercicio de la razón, por parte de los miembros de una generación cualquiera. Para Burke, la garantía final de que la tradición no es meramente una acumulación de errores, la consituye un orden providencial de la historia de origen divino.

En Hayek, esta interpretación "whigiana" de la historia ha sido secularizada en un idioma pseudo-Darwiniano. Hayek plantea que el patrimonio de tradiciones que una sociedad hereda, constituye un precioso recipendiario de conocimiento, debido a que está formado por prácticas que han sobrevivido a un proceso de selección natural. Él postula una siempre vigente competencia entre tradiciones, costumbres y creencias, de las cuales, sobrevive la que tiene máxima utilidad. Aún más, Hayek afirma que la historia de la religión debe ser entendida en términos de una selección natural de fes y morales.

Las dificultades de este tipo de secularización Darwiniana del providencialismo de Burke, son múltiples. No existe ningún mecanismo de cambio social semejante al proceso de selección natural, basado en accidentes genéticos propios de la biología evolutiva. Tampoco hay ningún criterio de comparación que sea idóneo o útil. Las numerosas referencias de Hayek hacia la competencia y la selección entre las prácticas sociales hacen creer que él tiene una teoría de la evolución cultural, cuando en realidad, no posee nada más que una metáfora cientificista. El confiar en una vacua noción teórica de selección de grupos, lo conduce a ignorar las contingencias históricas de las cuales realmente depende el auge y caída de las religiones y sistemas políticos y económicos. Esto también le lleva a enmascarar profundas tensiones en el seno de su pensamiento.

En uno de sus aspectos, el corpus de ideas de Hayek constituye una defensa cientificista de la tradición, en contra de la reforma racionalista. Si las prácticas que hereda una sociedad representan un conocimiento que no está disponible o al alcance de cualquier generación, entonces, la correcta relación que debe establecerse con dichas tradiciones es la de reverencia y no de crítica. Mejor dejar tranquilas a las tradiciones. Exceptuando quizás casos marginales, no deberíamos intentar reformas a las tradiciones, para que satisfagan mejor nuestras necesidades, ya que no podemos conocer cuáles son las reales funciones de las tradiciones en la sociedad.

Sin embargo, esta actitud de reverencia Burkeana hacia el pasado choca con la otra cara del pensamiento de Hayek, en la que aparece como un teórico del progreso. ¿Que pasa si las tradiciones de una sociedad son hostiles al surgimiento de mercados libres? ¿Que pasa si son las tradiciones de una sociedad socialista? En este punto, Hayek pasa a ser un liberal de la Ilustración del talante más convencional. Su teoría sobre las funciones epistémicas de los mercados demuestra que una economía planificada no puede funcionar. Su teoría económica le recuerda que los mercados libres maximizan la productividad. Basado en estas teorías, Hayek exige el total desmantelamiento de la planificación central y, de modo más general, el abandono de la intervención gubernamental en la economía.

Desde un punto de vista consistente con lo planteado por Burke, este tipo de liberalismo económico radical constituye un racionalismo desmedido. El eliminar restricciones a los mercados libres, las cuales han estado vigentes durante generaciones, puede ser algo extremadamente riesgoso, ya que no conocemos qué vitales funciones sociales pueden estar cumpliendo. Puede ser cierto que los mercados desregulados son los mejores instrumentos para la creación de riqueza; pero restricciones a las libertades del mercado pueden, sin embargo, ser esenciales para la mantención de la cohesión social. Curiosamente, esta última posibilidad nunca fue ni siquiera considerada por Hayek.

La más profunda contradicción en el sistema de ideas hayekiano esta dada, por un lado, por una ligazón conservadora con formas sociales heredadas y por el otro, por un compromiso liberal con el progreso sin fin. El distanciamiento de Hayek de cualquier cosa que pudiese parecer conservantismo tradicional se hace patente del modo más llamativo cuando encomienda progreso, aunque reconociendo que "Progreso es movimiento por el gusto de moverse"

Este reconocimiento, cándidamente nihilista, es importante por varias razones. En primer término, desnuda la ausencia en Hayek de cualquier teoría ética bien desarrollada. En ninguna parte, de los voluminosos escritos de Hayek que tratan de filosofía social, hay algún punto sobre lo que hace una buena sociedad o en un sentido más general, acerca del crecimiento del ser humano. En cambio lo que hay es un revoltijo de Kantianismo con éticas evolucionarias y utilitarismo indirecto.

Más aún, hay un amplio vacío en el pensamiento de Hayek en lo que dice relación con los efectos del capitalismo de mercado en la estabilidad de la sociedad y en la integridad de las formas de vida tradicionales. Esta falta de consideración hacia las maneras como el capitalismo de mercado puede llegar a ser socialmente destructivo, no es fortuita. Viene a atestiguar el hecho que, así como Marx, Hayek concede valor final al capitalismo como motor del progreso histórico, entendido en términos del incremento de la productividad y del control sobre la naturaleza, mucho más que como un medio de satisfacción de las necesidades humanas.

Como Marx, Hayek ve al capitalismo como un sistema económico emancipatorio- el que libera a la humanidad de la escasez natural - y de este modo lo alivia del peso opresivo de la historia. Como Marx, no demuestra simpatía alguna por los grupos sociales y los pueblos que han devenido en víctimas del progreso que acompaña al capitalismo. Ciertamente, al igual que Marx, Hayek reconoce que el capitalismo de mercado es inherentemente adverso hacia cualquier orden social pre-establecido, ya que comparándolo con el capitalismo, como Marx observó, "Todos los modos de producción anteriores eran esencialmente conservadores".

La revolucionaria novedad del capitalismo como sistema económico, le crea dificultades a la justificación epistemológica de Hayek, acerca de las instituciones de un mercado desregulado. Un efecto de la "destrucción creativa", producto de las fuerzas desbocadas del mercado, es la constante segregación laboral de segmentos de la población. En un entorno económico en el cual la innovación ha sido institucionalizada, el conocimiento tácito se transforma rápidamente en información errónea. Los entendimientos tácitos, que son preservados por las tradiciones, constituyen débiles guías para vivir cuando todas las industrias, todos las fuentes laborales y modos de ganarse la vida desaparecen recurrentemente como resultado del funcionamiento de los mercados globales. Los mercados libres que Hayek preconiza debido a sus contribuciones al progreso económico, alcanzan este resultado precisamente debido a que no tienen ninguna consideración con las tradiciones, las cuales él venera como depositarias de la sabiduría de generaciones.

Cuando Hayek describe a los mercados como mecanismos para la preservación y transmisión de un conocimiento tácito, los concibe como complejas instituciones culturales que están arraigadas en costumbres y tradiciones. No se le ocurre que esta visión no puede combinarse con las reivindicaciones universales de los economistas liberales - incluyéndole a él mismo, en otras partes de su obra - a favor de los mercados libres. Si los mercados son complejas instituciones sociales, profundamente arraigadas, estos variarán con la cultura en la cual operen. Habrá muchos tipos de economías de mercado y muchos tipos de capitalismo. Si esto es así, los mercados libres Anglo-Sajones no ejemplifican el tipo ideal de libertad de mercado a la cual otras culturas harían bien en emular, sino sólo una variedad más de capitalismo. El capitalismo social de mercado Alemán, el capitalismo Chino basado en la familia, el capitalismo japonés sustentado "en relaciones de confianza" - estas y otras especies de capitalismo - expresan las distintas tradiciones culturales de las sociedades en las cuales se han desarrollado. La pregunta para cualquier país es, cómo reformar su actual variedad de capitalismo, de modo que sea consonante con sus valores culturales subyacentes y satisfaga sus perdurables necesidades.

Si uno piensa de este modo, los mercados deberían ser vistos no como encarnaciones de la libertad humana sino que, como instituciones sociales falibles. Deberían ser reformados en la medida que su accionar fracasa en el seguimiento de tácitos acuerdos o entendimientos éticos de las sociedades a las cuales sirven. Esta es una línea de pensamiento constructivo que Hayek jamás explora. Su lapsus puede justificarse, en parte, por su ambivalencia no resuelta en relación al racionalismo de la Ilustración.

Cuando Hayek escribe como racionalista de la Ilustración, concibe los mercados libres como instrumentos para maximizar la productividad. Sus efectos en la cohesión social son dejados de lado. Sólo el sistemático desprecio, por parte de Hayek, de los efectos sociales generados por mercados desarraigados, le permite imaginar que el régimen económico de libre mercado por él abogado, puede ser combinado con un sistema social en el cual las instituciones tradicionales tienen una incuestionada autoridad. Las evidencias en cuanto a que los imperativos de los mercados desregulados chocan con las necesidades de cohesión social, no son examinadas. Ni siquiera es considerado el hecho que, el colapso de formas tradicionales de vida familiar este más avanzado en países, como U.S.A., que han ido más lejos en la liberalización de los mercados. Se reprime la subversiva idea que un régimen económico fundado en la elección del consumidor pueda actuar como destructor de instituciones tradicionales, las cuales son tan apreciadas por Hayek.

La desatención u olvido por parte de Hayek de estas preguntas, restringe severamente la utilidad actual de su pensamiento. No es sólo porque no tenga nada que decir acerca de las variedades de capitalismo - sus particulares costos y beneficios, su dependencia de tradiciones culturales específicas - o de las diferentes vías mediante las cuales cada una de estas variedades puede reformarse para satisfacer las necesidades del ser humano. Es que no enfrenta el dilema central del período post-socialista - cómo reconciliar el funcionamiento de los mercados globales desregulados con los requerimientos de cohesión social.

El conservantismo de libre mercado de los años ochenta fue el proyecto político en el cual el liberalismo altamente conservador de Hayek encontró su encarnación práctica. El destino de este proyecto político de Nueva-Derecha sugiere algunas lecciones para la coherencia del pensamiento hayekiano. Del modo como fue implementado mediante las políticas y retórica de políticos como Ronald Reagan y Margareth Thatcher, el conservantismo de libre mercado conllevó una incongruente conjunción, de modernizaciones económicas de largo alcance con una continua adscripción a "valores Victorianos". A fines de los ochenta y principios de los noventa esta anómala combinación se deshizo.

La creencia que una economía hipermoderna puede co-existir en equilibrio estable junto a tradiciones culturales e instituciones sociales propias de una fase temprana de capitalismo, es la afirmación central de la filosofía social de Hayek, así como la del núcleo político e intelectual del pensamiento de Nueva Derecha. Hacia mediados de los noventa, esta creencia fue sujeto de una definitiva refutación de carácter empírico. Los partidos conservadores y los regímenes que implementaron sus políticas basados en este marco conceptual, se encontraban a escala mundial sumidos en el desconcierto y la disgregación.

El dinamismo económico de las actuales sociedades modernas, ha demostrado ser hostil con los valores tradicionales. Los valores de la autorealización y de libre elección, encarnados en innovadoras economías individualistas han tenido repercusiones en la vida familiar. Las estructuras sociales basadas en la deferencia y respeto no son apropiadas para un clima en el cual la movilidad es un imperativo. La inseguridad laboral que predomina en las economías de libre mercado corroe la estructura burguesa de una carrera profesional de por vida. Las actuales economías modernas no logran coexistir de modo estable con estructuras sociales tradicionales.

Del modo como Joseph Schumpeter lo entendió, la preservación de un orden social burgués no puede reconciliarse con el desarrollo del capitalismo. Ampliamente corroborado por la historia más reciente, esta perspicaz visión de Schumpeter asesta un golpe mortal a la filosofía económica y social de Hayek. Resulta fatal para las esperanzas y anhelos de todos los liberalismos conservadores - de los cuales, el hayekiano, es simplemente el más exultante.

La demostración hecha por Hayek sobre la imposibilidad de implantar con éxito una planificación central socialista deja sin tocar la mayoría de los grandes temas abordados por la filosofía política liberal. En sí mismos, los argumentos epistémicos tienen pocas implicancias normativas. Ciertamente, descartan situaciones por ser imposibles, entre ellas el socialismo clásico. Como ya dí a entender, debido a que los mercados libres tienden a descapacitar laboralmente a la población y así tornar inútiles sus reservas de tácito conocimiento, el argumento epistémico de Hayek también sugiere que las instituciones centrales defendidas por el liberalismo clásico - mínimo gobierno y mercado libre - sólo pueden ser episodios auto-limitados en la historia de cualquier sociedad. Estos resultados son interesantes, pero no constituyen justificación para el liberalismo en ninguna de sus variedades.

Los argumentos epistémicos son, simplemente, mayores datos que se agregan a la información general que necesitamos para evaluar los costos y beneficios de los diferentes regímenes. No resultan determinantes, ni siquiera constituyen una guía significativa para entre ellos cual escoger. Nada hay en los argumentos epistémicos de Hayek que prohiba intercambiar productividad por mayor igualdad o que condene las restricciones a la libertad económica impuestas por gobiernos nacionalistas, fascistas o (de hecho), social-demócratas. Los argumentos epistémicos sólo nos dicen que tales gobiernos no presiden economías que sean de máxima productividad. Esta consideración será escasamente concluyente para cualquier teoría ética o de filosofía política que no esté previamente comprometida, como lo estaba Hayek, con el extraño ideal de la máxima productividad.

Resulta importante subrayar el hecho, que la prueba de Hayek para determinar progreso - crecimiento de la productividad - no tiene una conexión esencial con el liberalismo. Del mismo modo como ya lo entendieron generaciones de ciudadanos republicanos, libertad y prosperidad no siempre marchan juntas. Una economía altamente productiva puede florecer bajo los auspicios de un gobierno que no respeta la libertad ( incluso del modo como Hayek entiende lo que es libertad ). Los capitalismos autoritarios del Este Asiático pueden entrar en esta categoría. Del mismo modo, un régimen profundamente liberal puede muy bien quedar rezagado tras estos tipos de regímenes "dirigidos" , orientados al crecimento. Esta necesidad no es problemática para un liberal que valora la autonomía personal por sobre el progreso económico. Pero para Hayek, que intenta la identificación de las instituciones liberales con los requerimientos para el funcionamiento de los mercados desregulados, puede resultar altamente embarazoso el éxito económico de estos regímenes "dirigidos".

Al mismo tiempo, hay algo profundamente irónico. Las tradicionales estructuras sociales que Hayek venera, son más fácilmente discernibles en estos regímenes asiáticos de capitalismo guiado de lo que pueden serlo en sociedades liberales, en las cuales los mercados han sido desregulados. La filosofía social de Hayek se va a pique ante el incómodo y torpe hecho que los mercados desregulados no requieren muchas de las libertades que él como liberal valora, pero sí trabajan en el sentido de debilitar las tradiciones que él como conservador anhela. Peor aún, la contradicción entre, la reverencia Burkeana de la tradición y su cuasi-marxiana e Ilustrada defensa del capitalismo sin restricciones, como sistema económico más favorable para el crecimiento de la riqueza, torna finalmente incoherente su pensamiento político y social.

Si el liberalismo tiene futuro, este debe fundamentarse rechazando la (inconsistente) identificación hayekiana de la libertad personal con la sumisión a tradiciones heredadas y a las fuerzas de mercado. Debe reconocer que las instituciones de mercado, así como las instituciones democráticas, son medios para alcanzar fines humanos y no fines en sí mismos. La justificación de cualquier sistema político o económico, debe ser sólo instrumental. Lo es en términos de su contribución al bienestar del ser humano. Hoy en día, para toda persona cuya moral política sea liberal, la libertad personal será un elemento central en cualquier vida humana que merezca ser vivida. Desde el punto de vista de mi argumentación actual, no importa si esta creencia liberal es defendible. ( En otra parte yo cuestioné su validez universal ) . Lo que realmente importa es, que las instituciones del mercado sólo pueden ser legitimadas, en término de valores que quienes las practican, entienden y aceptan. En las sociedades modernas actuales, hacia las cuales esta dirigida la obra de Hayek, estos no son los tradicionales valores de la jerarquía o del respeto a la tradición. Son los valores liberales de la autonomía y la justicia.

En las sociedades contemporáneas, las instituciones de mercado no son auto-justificados productos de la tradición. El dinamismo transgresor del capitalismo liberal, trabaja constantemente para delibitar la posición que la tradición detenta en la sociedad. De ese modo, disemina una actitud crítica para con las tradiciones que en el pasado sustentaron el libre mercado. No es accidente que el feminismo y la disolución de la familia patriarcal se hagan mayormente evidentes en sociedades cuya vida económica es de un modo inflexible más individualista. La autonomía económica que el capitalismo liberal ha traído a la mujer, es incompatible con la preservación de familias de corte tradicional. Para un liberal conservador como Hayek, esto debe ser un disparo fatal, pero será bienvenido por liberales para quienes la autonomía personal constituye un valor esencial.

En otros aspectos, el impacto de los mercados libres en la sociedad no ha sido tan benigno. No pueden conocerse con certeza las causas del aumento de los niveles de criminalidad, pero resulta difícil considerar como coincidencia la relación que mundialmente se verifica entre liberalización económica e incremento en la incidencia de diversos tipos de crímenes. Algunas veces, los mercados libres operan acrecentando la libertad personal mediante el debilitamiento de las jerarquías tradicionales y demases. Con mayor frecuencia el mercado libre corroe la cohesión social sin el correspondiente incremento de la libertad personal. Este hecho subraya un punto crucial, el que la conexión entre mercados libres y libertad individual es - contrariamente a Hayek y otros liberales clásicos - fundamentalmente contingente. Este fue un decisivo aporte de los New Liberal thinkers de finales del siglo diecinueve, anticipado por J.S. Mill cuando hizo notar que la no interferencia por parte del gobierno no era un principio fundamental sino que sólo una norma referencial.

La reformulación Hayekiana del liberalismo clásico, falló no sólo debido a que la crítica del socialismo, que es su meollo, tiene escasa relevancia ante los dilemas del período post-socialista. Falló además porque no entendió, o quizá no percibió, como el capitalismo de libre mercado produce efectos revertidores de tradiciones en las sociedades contemporáneas. En parte, este defecto proviene de una singular característica del pensamiento Hayekiano, situación que comparte con otros liberalismos de reciente cuño. En el sistema o corpus de ideas de Hayek, así como en la igualitaria teoría de lo justo como justicia de John Rawls y el individualismo contractualista de James Buchanan, se da por sentado que una común adscripción a cierta concepción de justicia es suficiente para sustentar las instituciones liberales.

Esta suposición, propia de filosofías políticas legalistas y común tanto para una Derecha libertarista como para una Izquierda igualitarista, vicia gran parte del pensamiento liberal reciente. Es frecuentemente criticado, desde un punto de vista comunitarista que insiste en que la justicia no es la suprema virtud política. Pero gran parte del pensamiento comunitarista se encuentra en si mismo viciado debido a que deposita esperanzas no reales en relación con la amplitud y la profundidad del consenso moral que es dable alcanzar en las actuales circunstancias. De hecho, el pensamiento comunitarista se entiende mejor como una reforma a la teoría liberal y no como altenativa de ésta. Al respecto, resulta un corrector extremadamente potente para las limitaciones y errores de las variedades de liberalismo legalista que últimamente han sido dominantes en filosofía política. Existe una tradición de pensamiento liberal alternativo, en el cual no obstante y desde hace tiempo, se comprendió el papel que desempeña la cohesión social en hacer posible la autonomía personal.

Esta otra tradición liberal, es desarrollada por pensadores de un Nuevo Liberalismo, tales como L.T. Hobhouse y J.M. Keynes, pero gran parte de sus preocupaciones e ideas principales, fueron presagiadas en los escritos de John Stuart Mill. Estos escritos no contienen una doctrina política consistente y singular y como casi todas las teorías liberales de ayer y de hoy, han sido deformadas por una estrecha y Europocéntrica filosofía de la historia que socava cualquier reivindicación liberal de autoridad universal para los principios de Mill. Empero, el impulso que anima al liberalismo Milliano - la reconciliación entre las demandas de autonomía personal con las necesidades de cohesión social - aplica a las actuales circunstancias de las sociedades occidentales modernas de un modo que el pensamiento Hayekiano fracasó significativamente en llevar a cabo. Las necesidades de equilibrar las reivindicaciones de la autonomía personal para escoger, con aquellas de las comunidades, es un tema retomado y desarrollado en los escritos de Isaiah Berlin, el gran sucesor de Mill. Esta tradición de liberalismo social ha sido posteriormente desarrollada en la obra de Joseph Raz, cuya concepción de la autonomía personal entendida como socialmente arraigada y de modo esencial, amerita un estudio pormenorizado.

Hoy en día, resulta profundamente instructivo para el pensamiento liberal, comprobar como se arruinó el sistema de ideas de Hayek debido a la desatención o negligencia que prestó al destructivo impacto de los mercados libres sobre la cohesión social. Ello confirma que los ideales liberales de autonomía personal requieren de un Estado activo y con atribuciones y no del mínimo gobierno propugnado en la teoría liberal clásica. De tal suerte que, si la primera lección dejada por la disolución del liberalismo clásico reconstruído por Hayek es que, la libertad individual no puede ser entendida en términos de una restrictiva y emprobecida sumisión frente a la tradición o a las fuerzas del mercado, la segunda es que, en las actuales circunstancias del mundo moderno, la autonomía personal y una sociedad estable y cohesionada, no pueden ser consideradas categorías excluyentes.

Traducción: Grupo Propolco (mayo 2000).