La era de la Globalización ha concluido

por John Gray

Profesor de la cátedra de Pensamiento Europeo en la London School of Economics, autor de False Dawn: The Delusions of Global Capitalism (Granta).

The New Statesman, 24 de Septiembre de 2001. (traducción de Horacio Max Larrain)

El Comunismo ha fracasado. Sin embargo, el liberalismo de mercado ha intentado imponer su propia utopía. Las recientes atrocidades debieran marcar el fin de esta cruzada.

Los doce años que transcurrieron entre la caída del Muro de Berlín y el ataque a las Torres Gemelas serán recordados como una época de delirio. Occidente festejó el colapso del comunismo -en sí una utopía ideológica occidental- como un triunfo de los valores occidentales. El fin del experimento utópico más catastrófico de la historia fue celebrado y bienvenido como una oportunidad histórica para lanzarse en un nuevo y vasto proyecto - el libre mercado global. El mundo debía reconstruirse a imagen y semejanza de la modernidad occidental - una imagen deformada por la ideología de mercado, tan lejana de la realidad humana como lo fue el Marxismo. Hoy, luego de los ataques sobre Nueva York y Washington, la visión recurrente de la globalización como una tendencia histórica ineluctable se ha despedazado. Hemos vuelto al terreno clásico de la historia, donde las guerras no se realizan por causas ideológicas, sino por causas religiosas, étnicas, territoriales y por el control de los recursos naturales.

Entramos en un largo período - no de meses sino de años, talvez décadas- de conflictos en extremo peligrosos, de los cuales será imposible, como también erróneo para Gran Bretaña el mantenerse al margen. Será un tipo de conflicto con el que muchas regiones del mundo están demasiado familiarizadas, pero que derrumban muchas de nuestras preconcepciones acerca de la guerra y la paz. Sus protagonistas no son agentes de estados, sino organizaciones cuya relación con los gobiernos son oblicuas, ambiguas y en ocasiones indescifrables. Los hombres que atacaron al Pentagono y al World Trade Center, usando cuchillos cartoneros y servicios plásticos, son soldados en un nuevo tipo de guerra.

El monopolio de la violencia organizada es uno de los poderes que definen al estado moderno, algo que se logró lentamente y con dificultad. Ahora la guerra, como muchas otras cosas en la era de la globalización, ha escapado al control de los gobiernos. -y esto ha ocurrido con asombrosa rapidez durante la década pasada. El mundo está plagado de estados colapsados. En gran parte de Africa, en Afganistán, en los Balcanes y en buena parte de Rusia, no hay nada que se asemeje al estado moderno. En estas zonas de anarquía, las guerras se llevan a cabo por ejércitos irregulares comandados por organizaciones religiosas y políticas, a menudo ligados a clanes e inclinados a desarrollar feroces luchas intestinas. Ningún poder es lo suficientemente fuerte como para imponer la paz.

Los resultados ponen al descubierto las debilidades y contradicciones del libre mercado globalizado construido despues de la Guerra Fría. Las sociedades ricas no se pueden aislar de los estados colapsados y de las nuevas formas de guerra. Los que buscan asilo y los refugiados económicos presionan en las fronteras de cada país desarrollado. Mientras el comercio y los capitales se mueven libremente a lo largo y ancho del globo, el movimiento de mano de obra es estrictamente limitado -un estado de situación muy diferente a lo sucedido a fines del siglo XIX, un período globalizador comparable al actual en el cual las barreras a la inmigración eran casi inexistentes. Esta es una contradicción escasamente notada por los adeptos al mercado globalizado, situación que se verá agravada en la medida que se aumente el monitoreo y control cada vez más restrictivos ejercidos por los gobiernos.

Con los ataques sobre Nueva York y Washington, la anarquía que ha sido uno de los bi-productos de la globalización en gran parte del mundo no puede ya ser ignorada. Aquellos andrajosos ejércitos irregulares de las zonas más colapsadas del mundo han probado que pueden alcanzar el corazón de los estados más ricos y poderosos. El golpe brutal por ellos asestado es un ejemplo de lo que los analistas militares llaman la "amenaza asimétrica" -en otras palabras, el poder del débil contra el fuerte. Lo que se ha probado es que el fuerte es más débil de lo que todos imaginaban.

La impotencia del más fuerte no es fenómeno nuevo. Hace tiempo que ha sido expuesta en la fútil "guerra" contra la droga. El tráfico ilegal de drogas es, junto con el petróleo y el de las armas, uno de los tres mayores componentes del comercio mundial. Al igual que otras ramas del crimen organizado, ha prosperado en el ambiente de "libertad para todo" creado por la desregulación financiera. Los estados más ricos del mundo han derrochado billones en una vana cruzada en contra de esta industria altamente globalizada y fabulosamente financiada. Erradicar el terrorismo será aún más difícil. Despues de todo, la mayor parte de los peores efectos del negocio de la droga puede ser erradicado simplemente mediante su legalización. No existe un remedio semejante para el terrorismo.

Los atroces acontecimientos de Washington y Nueva York hicieron más que simplemente revelar desidia en la seguridad de los aeropuertos norteamericanos o limitaciones en sus agencias de inteligencia. Se asestó un grave golpe a las convicciones que subyacen el mercado globalizado. En el pasado, se daba por sentado que el mundo era un lugar peligroso. Los inversionistas sabían que guerras y revoluciones podían despojarles sus ganancias en cualquier momento. Durante la década pasada, bajo la influencia de ridículas teorías acerca de nuevos paradigmas y el fin de la historia, llegaron a creer que el avance del liberalismo comercial a través del mundo era incontrarrestable. Los mercados financieros llegaron a valorizar los activos, consecuentemente. El efecto del ataque al WTC podría llegar a hacer lo que ninguna de las crisis de los años anteriores -la crisis asiática, la bancarrota rusa de 1998 y el colapso de la Administración de Capitales de Largo Plazo- fue capaz de lograr. Puede destruir la mismísima fe de los mercados en la globalización.

Algunos dicen que este fue el propósito del ataque, y que seríamos cobardes si cediésemos ante tal presión. En cambio, se nos ha dicho, que debemos reafirmar los fundamentos del libre mercado global e intentar reconstruirlo. Y, con suerte, puede que no sea tarde para evitar una recesión mundial. Pero las reglas del juego han cambiado para siempre. La visión del mundo que sustentaba la fe de los mercados en la globalización ha colapsado (melted down). Independientemente de lo que se diga, ya no puede ser reconstituida. Lo más sabio sería entonces preguntarse qué fue lo que falló.

Vale la pena que recordemos cuán grandiosos eran los sueños de los globalizadores. El mundo entero debía rehacerse en la forma de un mercado libre universal. No importaba cuan diferentes sus historias y sus valores, cuan profundas sus diferencias y amargos sus conflictos, todas las culturas, de todas partes, debían encerrarse en una civilización universal.

Lo que resulta asombroso es la semejanza que existe entre la filosofía de libre mercado que sustenta la globalización y el Marxismo. Ambas son esencialmente religiones seculares, en las cuales la fe escatológica y las fantasías del Cristianismo han sido marcadas con el sello de la Ilustración. En ambas, la historia es entendida como el progreso de las especies, potenciadas por el incremento del conocimiento y la riqueza, y que culmina en una civilización universal. Los seres humanos son vistos primariamente en términos económicos, como productores o consumidores, con -en el fondo- las mismas necesidades y valores.. Las religiones de tipo tradicional se consideran periféricas, destinadas a su pronto desaparecimiento, o bien a reducirse dentro de la esfera privada, donde no podrán interferir con la política o azuzar guerras.

Los crímenes y tragedias de la historia no se consideran enraizados en la naturaleza humana sino que constituyen errores, faltas que se pueden corregir con mayor educación, mediante mejores instituciones políticas y más altos niveles de vida. Marxistas y liberales mercadistas podrán difererir en cuanto a cual es el mejor sistema económico -pero, para ambos, el exclusivo interés personal y la irracionalidad humana son lo únicos obstáculos que se interponen entre la humanidad y su radiante futuro. Ambas corrientes de pensamiento están atadas a este primitivo credo de la Ilustración.

Y ambas tienen sus lados dogmáticos y misioneros. Para los liberales mercadistas existe solo una manera de llegar a la modernidad. Todas las sociedades deben adoptar el libre mercado. Si sus creencias religiosas o sus costumbres familiares les dificulta este proceso, mala suerte - ese es su problema. Si los valores individualistas que promueve y requiere el libre mercado van emparejados con mayores niveles de desigualdad y criminalidad, y si algunos sectores de la sociedad terminan marginados, doloroso -pero es el precio del progreso. Si países completos caen en la bancarrota, como ocurrió en Rusia durante la época de la terapia de shock neoliberal, bueno -al decir de algunos desafectados radicales- no se puede hacer una omelette sin quebrar huevos.

Durante los años 90s, esta cruda filosofía racionalista fue enormemente influyente. Construyó su ciudadela en el Fondo Monetario Internacional, institución que ejerció su poder imponiendo a rajatabla las mismas políticas a países de muy variadas historias, problemas y circunstancias. Existía solo una ruta hacia la modernidad -y los clarividentes que regían el FMI estaban resueltos a que esta se siguiera en todas partes.

De hecho, existen muchas maneras de llegar a ser moderno, y otras tantas de no llegar a serlo. Simplemente no es verdad que el capitalismo liberal es la única manera de organizar una economía moderna. La Prusia de Bismarck encarnaba un modelo diferente, como también la Rusia zarista, y ambas podrían muy bien existir actualmente de alguna forma, si la Primera Guerra Mundial hubiese tenido otro desenlace. Las modalidades de capitalismo tanto alemán como japonés nunca se han ceñido al modelo de libre mercado y -pese a la opinión ortodoxa en contrario- se puede apostar con seguridad que nunca lo harán. No podemos saber de antemano qué significa modernidad para una sociedad dada, o lo que se necesita para alcanzarla. Lo único que sabemos es que diferentes países se han modernizado exitosamente en una variedad de formas.

Las atrocidades del 11 de Septiembre han planteado una pregunta clave sobre la mismísima idea de modernidad. ¿Es realmente cierto que todas las sociedades apuntan a converger, tarde o temprano, hacia los mismos valores y visiones del mundo? No solo en Estados Unidos, sino también en cierto grado, en la mayor parte de los países occidentales, la creencia de que la modernización es un imperativo histórico que ninguna sociedad puede ignorar por mucho tiempo, ha hecho difícil percibir el riesgo creciente de una reacción anti-occidental violenta. Liderados por Estados Unidos, los países más ricos del mundo han actuado bajo el supuesto que todos los pueblos en todas partes del mundo desean vivir como ellos. Como resultado, han fallado en reconocer la letal mezcla de emociones -resentimiento cultural, sensación de injusticia y un genuino rechazo a la modernidad occidental- que yace tras los ataques a Nueva York y Washington.

Desde mi perspectiva, es razonable considerar la lucha en contra de los grupos que montaron aquellos ataques como una defensa de los valores civilizados. Como la destrucción de las antiguas reliquias budistas lo demostró, el Talibán es hostil a la idea misma de tolerancia y pluralismo. Pero estas ideas no son propiedad de alguna civilización en particular -como tampoco son particularmente ideas modernas. En los países occidentales las prácticas de tolerancia deben mucho a la Reforma y, sin duda, a la Ilustración, la cual ha contenido siempre una tradición escéptica junto a sus escuelas más dogmáticas. Más allá de Europa, la tolerancia floreció mucho tiempo antes de la era moderna en los reinos islámicos de la España mora y en la India budista, para nombrar solo dos ejemplos. Sería un error fatal interpretar el conflicto que se está desarrollando en términos de las ponzoñosas teorías sobre el choque de civilizaciones.

La acción efectiva contra el terrorismo debe tener el apoyo de una amplia coalición de estados, entre los cuales ciertamente Gran Bretaña debe ser parte. Es crucial que este apoyo cuente con la participación de países islámicos (lo cual es una razón de porqué la acción militar norteamericana debe incluir nuevas iniciativas para lograr paz en Israel). No solamente Rusia y China -ambas tienen serios problemas con el fundamentalismo islámico- sino también Iran podría participar en una coalición liderada por los Estados Unidos.

La construcción de tal alianza de largo alcance constituirá un ejercicio de realpolitik , en donde las ideas de un gobierno global últimamente de moda en la izquierda, no tendrán ninguna relevancia. Los Estados Unidos se encontrará cenando con antiguos enemigos y cortejando estados que en ningún caso están comprometidos con los valores liberales. Al llevar la guerra contra el Talibán, combatirá contra una fuerza a la que hace pocos años atrás apoyó en su resistencia contra la invasión soviética. Tales ironías ya no podrán hacerse desaparecer ni por cortes internacionales ni por mercados globales. Están insertas en un mundo inabordablemente desordenado. Cuerpos colectivos como las Naciones Unidas pueden jugar un rol útil en la diplomacia laberíntica que inevitablemente acompaña a la acción militar. Pero quienquiera que piense que esta crisis es una oportunidad para reconstruir el orden mundial en base a un modelo liberal universalista, no ha entendido nada. La idea de una civilización universal es la receta para conflictos interminables, y es tiempo de desecharla. Lo que se necesita urgentemente es un intento por establecer los términos de una coexistencia civilizada entre culturas y regímenes que siempre permanecerán distintos.

En los años por venir, las instituciones transnacionales que han construido el libre mercado globalizado tendrán que aceptar un rol más modesto, de lo contrario correrán el riesgo de contarse entre las bajas ocasionadas por esta gran rebelión. La noción de que el comercio y la creación de riqueza requieren de un laissez-faire global carece de base histórica. La Guerra Fría -el tiempo que se caracterizó por el control de los capitales y por la intervención de los gobiernos nacionales en la economía- resultó ser, para los países occidentales, una época de prosperidad sin precedentes. Contrariamente a la fastidiosa ortodoxia de los liberales mercadistas, el capitalismo no necesita de un mercado libre mundial para prosperar. Lo que necesita es un ambiente razonablemente seguro, libre de la amenaza de guerras mayores, y reglas confiables para la conducción de los negocios. Estas cosas no pueden ser provistas por las frágiles estructuras del libre mercado globalizado.

Por el contrario, el intento de forzar en todas partes una forma de vida bajo un solo molde, conduce a encender conflictos e inseguridades. En lo posible, las reglas de comercio y movimiento de capitales debieran supeditarse a acuerdos multilaterales entre estados soberanos. Aquellos países que optaran por mantenerse fuera de los mercados globales, debieran dejarse en paz. Ellos debieran ser libres para encontrar su propia versión de modernidad, o bien no modernizarse si prefieren. En tanto no presenten amenazas para otros, aun los regímenes intolerables deben ser tolerados. Un mundo más disgregado, más fragmentado, en parte desglobalizado podría ser un mundo menos ordenado, pero también será un mundo más seguro.

Se podrá objetar que la des-globalización desafía la tendencia dominante de la época. Sin embargo, si bien es cierto que la tecnología seguirá estrechando distancia y acortando tiempo, y en este sentido ligará al mundo más cercanamente, no es menos cierto que se trata de una filosofía de la historia en bancarrota la que nos pretende hace creer que el proceso producirá convergencia de valores, cuando no una civilización mundial.

Nuevas armas de destrucción masiva pueden -y muy posiblemente- serán usadas para llevar a cabo guerras de religión de viejo cuño. El pensamiento de la Ilustración que encontró su expresión en la era de la globalización no será de mucha utilidad al momento de enfrentar sus peligrosas consecuencias. Incluso Hobbes es incapaz de decirnos cómo enfrentarnos con guerreros fundamentalistas que eligen tan particular forma de morir con el fin de humillar a sus enemigos. La lección que nos deja el 11 de Septiembre es que los años de "echarle p'a delante" con la globalización fue un interregno, una transición entre dos épocas de conflictos. La tarea que tenemos por delante será elaborar términos de paz entre pueblos separados por historias divergentes e inalterables, impregnados por creencias y valores distintos. En los peligrosos años por venir, esta obra más-que-Hobbesiana será suficiente para mantenernos ocupados.